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  • hace 5 meses
Cuando Galileo Galilei murió en 1642, la Iglesia aún lo consideraba un hereje. Por eso, su cuerpo no fue enterrado con honores, sino discretamente. Pero la historia no terminó ahí.

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Transcripción
00:00Cuando Galileo Galilei murió en 1642, la iglesia aún lo consideraba un hereje. Por eso, su cuerpo no fue enterrado con honores, sino discretamente, en una pequeña habitación junto al noviciado de Santa Croce, en Florencia. Sin epitafio, sin monumento, sin gloria. Pero la historia no terminó ahí. Casi un siglo después, en 1737, cuando el prestigio de Galileo ya era imposible de negar, sus restos fueron exhumados y trasladados a un mausoleo monumental dentro de la misma basílica.
00:26Fue entonces cuando su tumba comenzó a viajar, no por el mundo, sino dentro de la propia ciudad, como si Florencia intentara reconciliarse con su hijo más rebelde. Durante esa segunda sepultura, algo insólito ocurrió. Mientras movían el cuerpo, algunos admiradores decidieron conservar fragmentos de él. Un dedo, una vértebra, un diente. Reliquias científicas, casi profanas, que hoy se exhiben en museos como si fueran tesoros sagrados. Así, la tumba de Galileo no solo cambió de lugar físico, sino que se fragmentó en múltiples destinos.
00:53Su cuerpo, dividido. Su memoria, multiplicada. Hoy, su mausoleo en Santa Croce es imponente. Pero detrás de ese mármol hay una historia de censura, redención y peregrinaje. Porque incluso muerto, Galileo siguió moviéndose, como los astros que tanto estudió.
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