Llegamos al mundo solos y desnudos, sin nuestro consentimiento, para iniciar de inmediato el viaje hacia la muerte. No escogemos nacer ni queremos partir, pero esto sucede inexorablemente.
La vida es como el bien por el cual se lucha para que no perezca, la muerte es como el mal que domina el campo con su espada ciega.
Dando tumbos, vagamos desterrados, y aunque todo no tiene que nacer, todo lo que nace tiene que morir: la mayor fortuna y la peor desgracia.
¿Qué sería de nosotros si la inmortalidad hincara su zarpa en nuestras vidas, la eterna angustia, la infinita pena, una esperanza en momentos de alegría denominada placer por los humanos, una dicha que azuza la insidiosa fiera de nuestra ruin soberbia?
Si, como dice la UNESCO, la humanidad fue de 250 millones al comienzo de la era cristiana, 2.500 a mediados del siglo XX y 6.500 tras su final violento, ¿cuántos seremos en el XXIX, si es que alcanzamos a llegar allá?
Dudosa expectativa, si se tiene en cuenta que nos matamos por agua y otras cosas como religión, política y corrupción, más una desmedida codicia de poder.
Esta especie, mal llamada inteligente, pretenciosa en cultura y civilización, es una turba desbocada y bárbara, atormentada por terribles males, fuera de toda proporción y norma.
Invadidos por congénita ignorancia y sentimientos de autodestrucción, parecemos insectos bajo la tecnología, que sirve, incluso, como eficaz placebo para que la muerte rija el imperio de la insignificancia.
Somos consumados maestros en el movimiento de una fuerza oscura creada y adorada por nuestras miserias, en el camino de las equivocaciones.
Hasta hace poco tiempo no habíamos invadido todos los espacios ni habitado en ciudades apretadamente, tampoco aumentado bienes y servicios para superar nuestras penurias físicas.
Nunca los ríos y mares de la Tierra fueron tan contaminados por los deshechos que les arrojamos, ni pensamos en tanto equipo material, tanta instrucción y organización para un mundo que navega incontrolable por aguas turbias, putrefactas y vencidas.
Ninguna época exigió tantos recursos para enderezar lo que siempre fue torcido. ¿En dónde están el techo, la salud, el alimento, el vestido y la educación de los que huyen como ratas asustadas frente al hecho del barco que se hunde?
Nada se logrará con éxitos parciales en la lucha contra la extinción. La humanidad tiene un problema de dimensiones cósmicas que pide soluciones radicales: Acogerse a lo seguro. Es decir, la muerte.
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