Acabo de llegar de un largo viaje al mundo de las sombras y la luz. Allí todo es difuso, inconsistente, no la contumelia que a diario padecemos. Los seres fantasmales que lo habitan no tienen realidad, son intangibles, siluetas que flotan suavemente, silenciosas y nunca amenazantes.
Mundo extraño a la objetividad, sin deudas ni compras de mercado, sin pagos de servicios, sin querellas, sin memoria, sin olvido, sin futuro, sin pasado, sin presente, sin tristezas, sólo una nube vaporosa y tenue cubriendo todo lo que el yo consiente.
He vuelto –dije– porque todo termina en esta vida, mientras soñamos con la eternidad; simples pavesas, flotantes en el viento, sin rumbo fijo en el profundo espacio. Fantasmas fuimos, somos y seremos en un mar de leyendas y de mitos.