Una cosa es la tierra donde nacimos, a la que amamos incondicionalmente, otra, muy distinta, la caterva de bandidos que la usurpan a través del engaño y el terror.
Una cosa es un ejército formado para defender las fronteras nacionales, de aventuras y remotas invasiones, otra, muy distinta, la pandilla de asesinos que las ponen al servicio de siniestros intereses, matando a inofensivos campesinos, estudiantes y obreros que reclaman un poco de justicia y de respeto.
Una cosa son las creencias religiosas, las posiciones ideológicas y políticas en las cuales la gente se refugia para evadir la realidad del mundo, otra, muy distinta, la turba de impostores que pululan enriqueciéndose a costa de los ignorantes, confundidos, fanáticos y crédulos.
Una cosa son el folclor y las costumbres con las cuales el pueblo se divierte, otra, muy distinta, la chusma embrutecida por el fútbol, el aguardiente y las sectas cavernícolas.
Una cosa son las selvas y los ríos que alimentan el suelo con sus dones, otra, muy distinta, las empresas extranjeras que saquean, contaminan y destruyen lo que encuentran antes de volver a su lugar de origen.
Una cosa es firmar tratados internacionales en igualdad de condiciones económicas, otra, muy distinta, abrirse de piernas como una barragana ante el abuso descarado del imperio.
Una cosa es proteger a quien exige pacíficamente sus derechos, otra, muy distinta, atropellar y matar manifestantes en nombre de una falsa democracia.
Una cosa es tener símbolos que interpreten los sentires más nobles de la población, en sus sueños de grandeza y libertad, otra, muy distinta, venerar una bandera y un escudo retrato de falacias y codicias carroñeras.
Colombia, proclive a la maldad congénita, intolerante, violenta y rezandera: ¿Cuándo saldrás del vergonzoso atraso potenciando educación, ciencia y cultura y no a vulgares caciques virreinales, que expolian sin pudor nuestras riquezas, olvidando que un país tan sólo avanza por medio de una paz consolidada, no al servicio del crimen y la guerra?