Tierna como una flor feliz, cálida como una mañana estival, sonriente como el sol de junio cayendo sobre playas encantadas.
Sus senos transpiran, seductores, la jugosa dulzura de su pecho como frutos tropicales en reposo, y su erotismo de musa enamorada despierta en mi cerebro antiguo dimensiones aún desconocidas. Los íntimos recodos de su cuerpo los intuyo como géiseres de Islandia en terrenos exóticos y túrgidos.
Embriaga mis sentidos y despierta ardores olvidados o perdidos. Su lozana edad, omnipresente, me dice cosas de tiempos ya lejanos, cuando tuve paraísos iniciáticos, sin dioses ni serpientes agregados.
Conservo la esperanza de que un día ganaré, total, su corazón guerrero, siendo lanza y escudo, protectores, en los sinuosos torneos del destino.
Perfuma mi vejez como una rosa, cuyo bermejo aroma se dispersa sobre un campo minado de ilusiones. Amarla es vocación, y es mi derecho, el cual ejerceré constante de manera silenciosa, si es preciso, para no ahogar su juventud dorada en la fangosa laguna de mis años.
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