Habito en un país de asombro, no gozoso sino lleno de sorpresas, al otro lado de las cordilleras, más allá del horizonte, tras los mares inclementes, cerca de imaginadas estrellas.
Allí tejo historias de lugares prodigiosos y seres inexistentes para los proscritos de la fantasía; mundos más amplios y distantes que gigantescas constelaciones, cuyos diámetros impredecibles aplastan a los cerebros triviales.
Son mi válvula de escape, mi polo a tierra para una existencia oprimida por locuras y desastres, cofre de riquezas no posibles con las tarjetas de crédito, mina de diamantes y rubíes pulidos por un áspero buril en los talleres de la imaginación.
País que me brinda el horror y la indescriptible nostalgia, velero sobre el cual navego entre cifrados pasadizos, vedados a todos los incautos carentes de la clave misteriosa que abre las puertas de la rebelión, trinchera de los elegidos.