Me gustaría orinar el cielo desde la mitad del mar para fertilizar las estrellas y darte las flores más bonitas que produzca el firmamento.
Me gustaría eso y mucho más (talvez parezca obsceno), porque te quiero y tanto quiero darte que no sé ya qué ofrendar en los amorosos días venideros, ante el tibio contacto de tus manos al pie de la montaña consagrada por las muchas caricias y los besos, que invocan a los dioses tutelares en la dulce oración de la promesa y la no menos dulce del silencio.
¿Comprendes ahora, amor profundo, la razón por la que tanto insisto, desde la mitad del mar, en lanzar mis orines hacia el cielo?