Las imágenes que llegan desde el sureste de Europa parecen sacadas de un escenario apocalíptico, pero son una cruda realidad anual. "Esta visión distópica del río Drina no forma parte de una película", sino que representa el colapso recurrente de una gestión de residuos deficiente que estalla cada vez que el nivel del agua sube. Cuando el caudal aumenta, la corriente arrastra toneladas de basura acumulada en vertederos ilegales, transformando el paisaje natural en una pesadilla de plástico y lodo.
El problema ha alcanzado dimensiones internacionales, convirtiéndose en lo que los observadores y las fuentes locales describen como "un auténtico estercolero flotante" que produce una grave crisis medioambiental. Esta masa de residuos no se detiene ante los límites nacionales: la basura se va esparciendo desde Montenegro hasta Bosnia y Herzegovina, atravesando también territorio de Serbia. Los activistas de la zona, agotados ante un problema que no deja de crecer, denuncian cómo el color verde del agua desaparece bajo el marrón de los residuos atascados.
La composición de esta marea de suciedad es variada y alarmante para los ecosistemas. "Desde latas hasta botellas de plástico construyen este desastre ecológico", asfixiando el cauce del río. Aunque actualmente se emplean ruidosos sistemas mecánicos para intentar retirar los restos y evitar una contaminación mayor, estas tareas de limpieza son solo una solución temporal ante un desafío estructural.
Más allá de la tragedia ecológica, existe un trasfondo geopolítico decisivo para la región. Los países afectados deberán enfrentarse seriamente a esta situación si mantienen su ambición de formar parte de la Unión Europea. Los estándares comunitarios exigen una protección ambiental que choca frontalmente con el estado actual del Drina, ya que, como señalan las fuentes, esta colisión entre la naturaleza y la suciedad no puede durar para siempre si se busca la integración en el marco europeo.
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