DEBE DISCERNIR EL ROYAL ENTRE LO REAL Y LO BUENO, SABIENDO QUE NO ES POSIBLE SEPARAR ACCIONES Y RELACIONES. Hay quienes sostienen que la familia tradicional es, ante todo, una comunidad de significados pero, como quiera que sea, lo cierto es que se trata del grupo de pertenencia perpetuo del individuo que da sentido y forma a su existencia, quien a lo largo de su vida entra y sale de distintas comunidades, lo que no sucede respecto a la comunidad familiar. En el caso de los funcionarios royales la familia es la estructura fundamental que justifica las relaciones dinásticas y, en consecuencia, las relaciones de distribución del poder que, actualmente, es un poder meramente de acceso al uso y disfrute de cierto patrimonio, basado en el prestigio social y en acceso a privilegios y comodidades. Por eso a un funcionario royal le está absolutamente vedado hablar de sí mismo y de su familia, porque si es cierto que no puede haber relación familiar sin lenguaje, mucho más lo es que el lenguaje interpersonal entre miembros de una familia de la realeza debe quedar en la exclusividad íntima, para evitar la plebeyización y la mundanización de la monarquía que lleva a su autodestrucción como institución. Las relaciones familiares se basan en un proceso que los especialistas han denominado como suplementación (Gergen, 1994), es decir que lo que el individuo hace o dice permenece incompleto mientras no se vea complementado por la respuesta de un miembro de su familia. Si se busca esta complementación fuera de la familia se produce una alteración de los rangos de significación de las relaciones, que inmediatamente entran en conflicto con el riesgo inherente de afectación y destrucción del contexto relacional interno de la familia. Y esto en el caso de familias de la realeza debe ser evitado siempre. De ahí que los royal deban ser educados desde la infancia en la discreción, evitando siempre comentarios o habladurías de sí mismos o de otros miembros de la real familia.
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