El caso de Collins, Bates y Alexa, es Hitchcock en el siglo XXI. Con algoritmos en vez de personas. Los chivatos están en casa. Las revelaciones de WikiLeaks, la semana pasada, sobre cómo la CIA puede hacer que las televisiones inteligentes Samsung le transmitan todo lo que oigan han sido la última constatación de una realidad. La privacidad ha muerto. O, mejor, la hemos dejado morir. Las instrucciones de la tele ya nos dicen que nos escucha. Igual que las de Alexa. Y las de Siri, el asistente virtual de Apple. Y las del servicio de taxis Uber.Aunque no le pasen los datos a la CIA, nuestros teléfonos, nuestras tabletas y, cada vez más, nuestros coches, nuestra calefacción, nuestras alarmas contra incendios, nuestras neveras, y hasta nuestras bombillas, les están contando nuestra vida a sus fabricantes y a cualquiera que pague por ello. Nos habían vendido la casa inteligente y hemos firmado gustosamente la compra de la casa cotilla. El portero que sabía todo lo que pasaba en el edificio es ahora un algoritmo que, en vez de al vecino de escalera, le cuenta lo que sabe a una base de datos. O a varias.