Para la mayoría (me disculpan los no identificados) estar en contacto con la naturaleza se ha vuelto un asunto de vacaciones programadas, campamentos ocasionales, pasadías esporádicos o prácticas deportivas en el mejor de los casos. Esta ruptura física con el entorno ecológico nos parece “natural” puesto que las demografías contemporáneas cada vez son más urbanizadas o “céntricas” —como dicen cínicamente quienes pasan muchas horas en el tapón cotidiano—. Este estilo de vida trae como secuela el exceso de la producción del cortisol, conocida como la “hormona del estrés” (véase columna anterior sobre el tema, “La ecopsicología: una ciencia en ciernes”) y otras enfermedades neurodegenerativas. De otro modo, disfrutar de lo rural se torna cada vez más inadecuado u obsoleto, una declaración lamentable para nuestro bienestar integral.
Comentarios