Si quieres rendir el día del examen, no basta con estudiar: necesitas un protocolo. Yo lo llevaba todo escrito: qué iba a hacer cada día, qué temas tocaban, cuántas horas… y el día previo hacía mi “vuelta de confianza”. Pero lo importante es que no era improvisado: todo esto ya lo había probado antes en simulacros y sabía que me funcionaba.
Mi protocolo era milimétrico: a qué hora salía de casa, dónde y qué desayunaba, qué música escuchaba, cuándo llegaba y con cuánta antelación (yo llegué con 1h 30min). El documento de llamamiento lo leía y lo subrayaba, y el día del examen iba con las orejas puestas. Esa tranquilidad no te la da estudiar más: te la da haberlo ensayado.
Y aquí está la clave: el protocolo se implementa desde ya, cada vez que hagas un simulacro. Cuando termines, corriges el examen… pero también corriges el protocolo: qué te gustó, qué te falló, qué cambiarías. Después de 6–7 pruebas, ya confías porque sabes lo que funciona. ¿Tú tienes protocolo o el día del examen improvisas desayuno, horario y llegada?
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