La crisis migratoria en Ceuta ha desatado una compleja relación de amor y odio entre los ciudadanos locales y los efectivos de la Policía Nacional. Tras cuatro semanas de tensiones acumuladas, la indignación de los vecinos frente a la situación de los inmigrantes sin techo se ha traducido en intensas jornadas de protestas que ponen a prueba el orden público en la ciudad autónoma. Para buena parte de los ceutíes, conocidos como caballas, existe la firme convicción de que la única vía para solucionar esta situación es presionar a los recién llegados mediante el acoso a sus asentamientos, la quema de chabolas y el boicot al reparto de comida.Mantener el control de la seguridad se ha convertido en una tarea sumamente complicada para los agentes de la Policía Nacional desplegados en la zona. Los agentes se encuentran ante la obligación de proteger la integridad física de los inmigrantes sin avivar aún más el malestar de una población muy quemada por la situación, con cuyas demandas los mandos policiales admiten en privado estar bastante de acuerdo. Esta contradicción genera momentos de gran tirantez, donde los manifestantes pasan de cantar «¡Orgullosos de nuestra Policía!» a encararse directamente con las fuerzas de seguridad.El último episodio de gravedad tuvo lugar al caer la tarde en el trayecto hacia la playa del Trampolín, donde se congregan cientos de migrantes en situación de desamparo. Tras una sentada improvisada de los vecinos para boicotear el reparto de alimentos de la Cruz Roja, donde la multitud gritaba «¡La Cruz Roja es una mafia!», un grupo de unas quince personas esquivó el cerco policial para prender fuego a varias chabolas situadas en la arena. Esta acción fue aplaudida por centenares de residentes presentes en el lugar. Uno de los jóvenes grabó un vídeo para redes sociales justificando el acto de la siguiente manera: «Ellos pueden hacer fogatas, pues nosotros también».Durante la quema de los asentamientos improvisados, la multitud coreó consignas como «¡Invasores, expulsión! ¡Los caballas nunca se rinden!». Las discrepancias sobre cómo actuar ante los recién llegados son patentes entre los propios ciudadanos. Mientras un joven se quejaba de la inacción diciendo «Mira cómo se ríen de nosotros los moros, ¡somos unos pringados!», su pareja le contenía argumentando «Te entiendo, pero lo último que podemos hacer es enfrentarnos a la Policía: son ellos los que nos protegen».Posteriormente, la marcha continuó en dirección a la Delegación del Gobierno, registrándose altercados menores. El lanzamiento de un petardo provocó que varias decenas de adolescentes intentaran perseguir a los responsables, ignorando las peticiones de calma de los manifestantes de mayor edad que exclamaban «¡Violencia noooooo!». Al llegar frente a la sede institucional, y a pesar de la crispación generalizada, el instinto cívico de la población local prevaleció frente a actos vandálicos puntuales, como cuando dos ciudadanas recolocaron de inmediato una papelera que había sido golpeada por un joven.