Dejar el trabajo para opositar no fue una locura improvisada, fue una decisión calculada. Dos años opositando, pero “fuerte” menos, porque intentar compaginar fábrica a tres relevos, estudio y entreno era inviable. Ocho horas currando, más entrenamiento, más temario… sencillamente no salían las cuentas. Y esto le pasa a muchísima gente: lo intenta todo a la vez, se frustra y piensa que “no vale” para opositar, cuando en realidad el problema es el contexto, no la capacidad.
Él hizo algo muy radical, pero muy honesto: cogió papel y boli, hizo números y se preguntó cuánto dinero necesitaba para poder estar uno o dos años sin trabajar y dedicarle todo a la oposición. Cuando tuvo ese colchón ahorrado, tomó la decisión: “Lo finiquito” y se puso con la opo a saco. No siempre se puede hacer algo tan drástico, pero su historia deja una idea clara: necesitas un plan realista que encaje con tu vida, tus horarios y tu economía, no un “ya veré” eterno que solo te quema.
Si estás currando a turnos, con familia, entrenos o mil historias, no se trata de copiar su decisión, sino de hacer tus propias matemáticas: qué margen tienes, cuánto puedes recortar, qué ritmo de estudio es sostenible y qué plazo necesitas. A veces será bajar horas de trabajo, otras será tirar de ahorros y otras, asumir que tu proceso será más largo, pero posible. ¿Tú en qué situación estás ahora: currando y opositando, solo opositando o pensando en dar el salto? Cuéntamelo en comentarios.
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