La sala de cine es un lugar perfecto para perder el contacto, durante algunas horas, con el mundo real. Un espacio acondicionado para la recepción de un espectáculo, la narración de una historia que siempre es nueva pero que siempre nos resulta familiar, siempre hay algo en la película que ya hemos visto. Y en esa familiaridad nos es fácil abandonarnos al estado de espectador, un estado en el que, de forma consciente y consentida, cedemos nuestro papel “actor” para limitarnos a asistir, con mayor o menor disfrute, al desarrollo de una trama que evoluciona ajena a nosotros. Con nuestra capacidad de decisión reducida a los detalles del consumo, el tipo de refresco o el tamaño del cubo de palomitas. En cierto sentido, “perdemos nuestro tiempo” mientras compramos el tiempo de proyección de la película, que es tiempo-mercancía, una de las formas –o la forma principal– en que se nos oferta el ocio.
Así, la visita al cine puede ser vista como una imagen de la forma en que el ciudadano contemporáneo ha abandonado su responsabilidad, renunciando a su capacidad de intervenir en la realidad, para adoptar una actitud que es fundamentalmente pasiva, la del mero consumidor en esta civilización del ocio.
Sé la primera persona en añadir un comentario