Un pollo de granja intensiva alcanza hoy su peso de sacrificio en 41 días mientras que uno de granja en libertad necesita más del doble de tiempo. Ese acelerón es fruto de la selección genética, pero también de unas condiciones de vida que violan su fisiología. El animal que llega a las pollerías ha padecido todo tipo de sufrimientos que agotan su organismo. Viven hacinados noche y día con luz artificial, se le corta el pico con una navaja al rojo vivo, en su alimentación entran grasas recicladas de frituras y transformadores y maíz transgénico, padecen los efectos del amoniaco que genera la descomposición de sus heces, las extremidades se les deforman por la rapidez del proceso de crecimiento, el corazón les revienta en muchos casos, sufren ataques hepáticos y fallos renales y si han sobrevivido a todo eso (en la UE mueren cada día 500.000 aves por estas condicones) son introducidos en un estanque eléctrico,que sólo les aturde porque una descarga más fuerte puede romperles los huesos.
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