A las 4:14 de la tarde de un martes cualquiera, un correo de apenas tres líneas borró catorce años de una vida entera.
El centro de distribución en Newark, Nueva Jersey, no es solo un edificio de trabajo. Es un gigante de acero, concreto y bandas transportadoras que tragan gente y devuelven cajas de cartón las veinticuatro horas del día. El ruido nunca para. Los motores eléctricos zumban sin descanso. Los forklifts cruzan los pasillos pitando cada minuto. Las cajas golpean contra el metal como si el edificio entero respirara al ritmo de una máquina.
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