Ganaba 12 dólares por hora. Limpiando piscinas. En Orlando. Y hoy, con apenas 34 años, ya no trabaja. Simplemente... cobra.
Mientras tanto, su vecino —ingeniero, ganando 90 mil dólares al año— todavía vive de alquiler. Y además, sigue endeudado.
La diferencia entre los dos no fue la suerte. No fue un título universitario. Ni siquiera fue el dinero.
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