A veces llegamos a la vida con el corazón roto, cansados de intentar arreglarlo con piezas que no encajan o buscando en lugares equivocados. Intentamos sanar solos, pero solo Él conoce cada pieza y cada herida profunda. Cuando decides poner tu corazón en manos de Jesús, descubres que no solo lo repara, sino que lo transforma por completo. Ya no cargas con los pedazos tú solo; ahora caminas con la paz de saber que estás en las mejores manos.
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