La crónica negra de Madrid ha sumado este verano un capítulo estremecedor que mezcla obsesión, celos y un trágico final. El pasado 14 de julio, lo que parecía una mañana tranquila en una urbanización de lujo del barrio de Las Tablas se convirtió en el escenario de un violento crimen. Alberto Juan, un hombre corpulento de 65 años, se presentó a las diez de la mañana del 14 de julio en el sexto piso del número 4 de la calle de Cirauqui con un objetivo claro: acabar con la vida de Facundo Leonel, de quien sospechaba que mantenía una relación con su esposa.La víctima, de 37 años y origen argentino, era un profesional brillante con una trayectoria académica y laboral impecable en España. Doctor por la Universidad Complutense de Madrid (UCM), su carrera estaba en pleno auge tras haber trabajado como responsable de proyectos fotovoltaicos en países como Uzbekistán. Apenas dos meses antes de su muerte, había iniciado un nuevo empleo con gran ilusión, dejando escrito en sus redes: «Con muchas ganas de empezar este nuevo capítulo y afrontar los desafíos que están por venir». Su elevado nivel de vida y su intensa actividad social hacían que las visitas y fiestas en su casa fueran habituales para sus vecinos.Según la investigación policial, el móvil del asesinato fue pasional. Alberto Juan se había obsesionado con la relación que su mujer —quien estaba tramitando la separación— mantenía con Facundo, a quien conoció en un gimnasio cercano. El agresor llegó a la vivienda armado con un cuchillo y un aerosol de pimienta.El encuentro fue letalmente rápido. Cuando Facundo abrió la puerta, Alberto «lo roció con el aerosol de pimienta para incapacitarlo» y, acto seguido, «le asestó 11 puñaladas en la parte frontal del cuerpo y otras tres en la espalda». El fuerte olor del producto químico fue clave para alertar a los vecinos, ya que «la mezcla de oleorresina de capsicum, disolventes, estabilizantes y gases propulsores suele desprender un olor picante, parecido al de la pintura o el alcohol». Los bomberos tuvieron que romper las ventanas para acceder al piso, donde solo pudieron certificar el fallecimiento del ingeniero.Tras el ataque, Alberto Juan huyó de Madrid y condujo durante una hora y media hasta La Adrada (Ávila). Allí pasó las últimas horas de su vida hablando con su esposa con aparente normalidad. Sin embargo, al percatarse de que la Policía Nacional ya estaba tras su pista y las cámaras de seguridad lo habían identificado, «se arrojó por un barranco poniendo fin a uno de los sucesos del verano». Cuando los agentes llegaron para proceder a su detención, el asesino ya había fallecido, cerrando de forma trágica un caso que ha conmocionado a la capital.
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