El silencio que me recibe al adentrarme en este rincón de Santo Domingo Oeste no es el habitual. Es un silencio de trinchera, denso y vigilante, custodiado por decenas de agentes de la Policía Nacional que, apostados bajo las escasas sombras de los árboles, observan cada movimiento con las manos apoyadas en sus armas automáticas.
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