En el muelle industrial de Nuuk, la capital de Groenlandia, el nombre de una ciudad gallega resuena con una familiaridad sorprendente. No es por sus luces de Navidad, sino por la robustez de su industria naval. Para los pescadores del Ártico, España no es solo un destino de vacaciones, sino el astillero que construye las herramientas de su principal motor económico: la pesca, que supone el 95% de sus exportaciones. La influencia de los astilleros españoles es tan palpable que incluso se confunde la geografía con el deporte. Steen Brandt, vicepresidente de la patronal de pescadores KNAPK, señalaba con orgullo una de las naves del puerto: "¿Ve ese barco? Fue construido en Celta de Vigo". Aunque Brandt confundiera el nombre de la ciudad con el del equipo de fútbol, la realidad es que el sentimiento de pertenencia es fuerte entre la comunidad local. Villads Mølgaard, un joven armador de 34 años, confirma que el fútbol español es un vínculo emocional con su herramienta de trabajo: "Seguimos el fútbol europeo continuamente. Y, claro, si tu barco ha sido fabricado en una ciudad y ves que su equipo juega, le prestas más atención". Esta relación comercial es estratégica: la empresa estatal Royal Greenland opera con buques modernos fabricados en Murueta (Bilbao) y en Vigo, valorados en unos 60 millones de euros cada uno. A pesar de los intentos de Donald Trump por anexionar la isla, los groenlandeses mantienen una postura firme. La razón no es solo identitaria, sino profundamente económica y social. Con un PIB per cápita similar al de España si se analiza la mediana, Groenlandia disfruta de un sistema público que incluye universidad gratuita, seguro médico estatal y generosos estipendios para estudiantes. Nivi, una estudiante y madre soltera, resume el temor generalizado ante un posible control estadounidense: "Toda esta política asistencial desaparecería si fuéramos parte de Estados Unidos". Este sistema permite a ciudadanos en situaciones vulnerables acceder a viviendas dignas, a pesar de que los precios en Nuuk son elevados. Como explica un empresario local, "un piso de dos o tres habitaciones normal en una zona media cuesta entre 2,5 y 3,5 millones de coronas (de 335.000 a 470.000 euros, aproximadamente), pero el salario de un maestro o de un oficinista puede rondar las 25.000-35.000 coronas". Sin las ayudas estatales que cubren hasta el 20% del valor de la compra sin intereses, la vida en la isla sería inasumible para muchos. La idea de que la isla pueda ser comprada por una cifra de dólares por habitante genera indignación y risas a partes iguales en las calles de Nuuk. Qulatuunguaq, un ingeniero local, es tajante al respecto: "Ese tipo se cree que todos tenemos un precio". Incluso la viabilidad de su industria pesquera parece estar ligada al modelo europeo. En el comedor del Svend-C, un arrastrero construido en Bilbao, los trabajadores son conscientes de las ventajas de la cooperación transatlántica: "Este barco cuesta entre 60 y 80 millones de euros. ¿Alguien cree que hubiera salido tan barato si la UE no hubiera dado subvenciones a España para fabricarlo?". Para Groenlandia, el futuro parece estar más cerca de sus socios históricos y comerciales en Europa que de convertirse en un nuevo territorio bajo la bandera de las barras y estrellas.
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