Durante décadas, la palabra deuda ha sido tratada como un enemigo absoluto, como una sombra que hay que evitar a toda costa, y esa narrativa ha creado generaciones enteras que le tienen más miedo al riesgo que a la mediocridad. El problema no es deber, el problema es deber sin propósito, porque cuando existe un plan, una estructura y una visión clara, el dinero prestado deja de ser una carga y se convierte en una palanca. La mayoría no fracasa por usar deuda, fracasa por no saber para qué la usa, y esa diferencia es la frontera entre construir riqueza o vivir atrapado en una carrera de supervivencia.
El miedo financiero suele nacer de malas experiencias, de historias ajenas o de decisiones impulsivas, pero casi nunca nace del análisis real. No toda deuda es igual, igual que no todo gasto es inversión, y confundir esas categorías es uno de los errores más caros que existen. Una deuda que compra tiempo, capacidad o crecimiento no es un peso, es un multiplicador. Una deuda que compra estatus, impulsos o apariencias es una cadena.
La mayoría de las personas no tiene un problema de dinero, tiene un problema de estructura mental. Primero se endeudan mal en la cabeza, luego en la cuenta bancaria. Cuando no hay claridad, cualquier herramienta se vuelve peligrosa, incluso las más poderosas. Un cuchillo puede cocinar o puede herir; la diferencia no está en el cuchillo, está en la mano que lo usa.
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