El papa León XIV concluyó su penúltima jornada en Turquía, su primer destino en un viaje apostólico internacional que marca las prioridades de su pontificado, demostrando una intensa agenda de unidad y fraternidad. El líder de la Iglesia Católica, de origen estadounidense y peruano, se dio un auténtico baño de masas y tendió puentes interreligiosos en el corazón histórico de Estambul. El viaje, que concluirá mañana con una segunda etapa en Líbano, fue originalmente un encuentro que le quedó pendiente al anterior papa, Francisco, y se realiza en motivo del 1.700 aniversario del concilio de Nicea. La mañana del sábado estuvo marcada por un gesto significativo de respeto hacia el mundo musulmán: la visita a la emblemática Mezquita Azul, conocida formalmente como Mezquita de Sultanahmet. Al adentrarse en el centro de culto, el pontífice se quitó los zapatos, un símbolo de respeto observado por los fieles del Islam. La visita duró unos veinte minutos y fue definida por el Vaticano como un recorrido "con un espíritu de reflexión y escucha, con profundo respeto por el lugar y por la fe de quienes se reúnen allí para orar". El muecín del templo, Askin Musa Tunca, guio al Papa por el interior del recinto. Tunca relató a la prensa que le preguntó al Papa si deseaba rezar un momento en el templo, a lo que el pontífice declinó la oferta, prefiriendo limitarse a la visita. Tunca compartió la conversación, citando al Papa: "No es mi casa, ni tu casa, es la casa de Alá". Incluso, al acompañar a León XIV a la salida, el muecín bromeó: "No tienes que salir, puedes quedarte aquí". Por la tarde, la atención se centró en la comunidad católica local. El Volkswagen Arena, un estadio de conciertos, se adaptó para acoger la misa multitudinaria del Papa, congregando a cerca de 4.000 personas. Aunque Turquía cuenta con apenas 30.000 católicos en un país de más de 86 millones de habitantes (el 0,1% de la población), el pontífice ha insistido en que "precisamente en la pequeñez" de la comunidad católica de Turquía "radica su fuerza". Fieles, como Damla, que vino "en autobús con otros compañeros de una comunidad de cristianos de Mersin", y la refugiada cristiana iraní Kasra Esfandiyari, que viajó seis horas en coche desde Esmirna, expresaron sentirse afortunados de vivir "un momento histórico" que "no me lo podía perder". Los asistentes aguardaron con emoción la llegada del pontífice entre aplausos y gritos de "¡viva el Papa!". La misa fue un reflejo de la diversidad de los asistentes, incluyendo migrantes de Italia, Camerún, Mozambique o Croacia. El rezo multilingüe transitó del inglés al italiano, y del latín al árabe y armenio, con cantos en distintos idiomas que se alternaron con la liturgia.
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