El sol se acuesta en la chepa caliente y suave de occidente; y nos deja en la huerta, cual besos amarillos, cien membrillos en el difuminado límite que se orienta al saliente. Al sur, las parras, embriagadas de soles, a medias desvestidas de ocre y oro, esconden y gotean el regalo de Dionisio, en lágrimas sólidas, todavía... En la alacena del hogar tíbio, la dulce miel guarda el sexo de las flores: oro libado, y pingado beso, sensual y sensitivo.
El fuego en el humero, se reaviva; brilla la noche en el salón, en destellos de membrillo, uvas, miel, y sereno espíritu. (Alfredo Escalada)
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