El primer experimento, el que creó al Kevin Warwick 1.0, tuvo lugar en 1998. Los cirujanos implantaron en su antebrazo izquierdo un dispositivo de radiofrecuencia. El chip, que se mantuvo nueve días, permitía localizar al profesor y facilitaba su identificación: por ejemplo, las luces de su oficina se encendían y apagaban según entrara o saliera de ella. Fue "divertido", recuerda Warwick.
La tecnología es real. Ya se utiliza para localizar coches o animales perdidos, así que su uso en humanos es posible. Pero tiene implicaciones éticas que el científico ya ha tenido que afrontar. En 2002, tras el secuestro y asesinato de las niñas británicas Jessica Chapman y Holly Wells, una pareja de Reading le pidió a Warwick que implantara el dispositivo de rastreo a su hija. Sin embargo, el profesor explica que la iniciativa se desechó tras escuchar la opinión en contra de varias asociaciones británicas de protección a la infancia. El científico asegura que recibe todavía "al menos una petición semanal" de personas que quieren que se les implante el chip rastreador.Mucho más complejo fue crear a Kevin Warwick 2.0. El profesor implantó, de nuevo, un chip en su brazo izquierdo, pero esta vez para conectar su sistema nervioso a un ordenador. Lo que Warwick pretendía demostrar es que el cerebro puede emitir señales que el ordenador entiende, lo que tendría increíbles implicaciones, por ejemplo, para personas que sufren paraplejia: podrían mover objetos con sólo pensar en ello. El científico conectó su chip a una mano mecánica, y esperó. Reconoce que en las primeras semanas no ocurrió nada y que vivió una "montaña rusa emocional" hasta que un día consiguió que la mano mecánica se abriera y cerrara a órdenes de su cerebro.
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