Millones de espermatozoides se calan su casco de guerra y ocupan su puesto en la fila. Con cierta impaciencia esperan ordenadamente el comienzo de la misión: bloquear a los invasores, matarles si es preciso y lograr colgarse la medalla de fecundar el óvulo ansiado. Esta historia sin fin desencadena una serie de comportamientos, emociones y pasiones inconscientes, que hombres y mujeres se empeñan en racionalizar y justificar. La carrera por la reproducción existe desde que el hombre es hombre. Dejar el mayor número de hijos y nietos, con los cromosomas más saludables, sobre la tierra es objetivo universal. Pero en este caso el interés no se debe a ningún precepto religioso, es la llamada de los genes, el mandato evolutivo que se transmite de generación en generación. El zoólogo Robin Baker es uno de los más incansables cruzados de estas teorías biologicistas, tan en boga en la actualidad. En su último libro, Batallas en la cama (Temas de Hoy), pretende dar respuesta a los principios que rigen las relaciones sexuales y como consecuencia, de pareja. Con sencillez y desparpajo, este profesor de la Universidad de Manchester tira del hilo hasta desentrañar el cómo y el porqué de infidelidades, falsos hijos, bisexualidad, masturbación y sexo oral, entre otras cuestiones que se suelen achacar más al placer y a la debilidad de la carne que a implacables instrucciones heredadas. Lo que buscamos. Ellos quieren reproducirse a toda costa. A mayor número de hijos, sean de quien sean, mejor puesto se conquista en el ranking genético. Ellas persiguen al padre ideal para sus criaturas. En principio, eligen al varón con más recursos económicos pero no pierden ocasión de lanzarse a los brazos de aquellos hombres que contribuyan a perfeccionar la especie. El patrón ideal. Potencial de riqueza, posición social, estabilidad y durabilidad son las características que la mujer prefiere en un hombre cuando le echa el ojo como pareja habitual, tal y como avalan multitud de estudios realizados en diversas culturas. Los niños que viven en un entorno de calidad tendrán más probabilidades de estar sanos, de lograr un buen nivel educativo, accederán a una profesión de prestigio y comprobarán cómo cientos de pretendientes se pelean por sus huesos. Así, lo lógico es que engendren hijos, al igual que ellos, con un enorme potencial de éxito reproductor. Por eso, las féminas desean a hombres con una apetitosa cuenta corriente para compartir la vida. Claro que los más potables físicamente marcan tantos goles como los ricos. Ellas también buscan los genes perfectos para sus cachorritos: ojos claros, culo firme, anchas espaldas, pelo y piel sanos, ingenio e inteligencia. Un breve encuentro amoroso con un vigoroso compañero será suficiente. Hallar el equilibrio entre seguridad doméstica y calidad biológica es la lucha de la mujer.
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