Mohamed Mursi, candidato por defecto y sin carisma, ha sabido sacar partido de la todopoderosa máquina de los Hermanos Musulmanes para convertirse en figura imprescindible en la carrera presidencial.
Tímido y apocado, ha compensado su falta de atractivo personal dirigiéndose a los liberales y a los revolucionarios como el detractor más feroz de Mubarak.
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