La historia del norte de Europa despide a un referente inigualable. El rey Harald V ha fallecido en Oslo a los ochenta y nueve años, tras tres décadas y media al frente de una monarquía que supo adaptar con maestría a los tiempos modernos. Su infancia marcada por el exilio nazi dio paso a un reinado de profunda estabilidad, donde su verdadera autoridad no residía en el poder ejecutivo, sino en su imborrable liderazgo moral durante los momentos más oscuros de la nación, como la tragedia de dos mil once. Lejos de refugiarse en el aislamiento palaciego, Harald convirtió su voz en un estandarte de inclusión, defendiendo sin complejos una sociedad plural, diversa y respetuosa con todas las identidades. Aunque el tramo final de su corona se vio sacudido por delicados baches de salud y agrias polémicas familiares, el monarca se mantuvo fiel a su juramento vitalicio hasta el último aliento, rechazando la abdicación y entregando su vida al servicio del pueblo noruego. Ahora, su legado institucional recae sobre los hombros de su hijo Haakon, quien hereda el titánico reto de preservar el afecto ciudadano en un escenario de renovado escrutinio público.
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