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  • hace 18 años
Los Angeles. 17 de enero de 1994. A la hora en que la ciudad duerme. Millones
de personas se despertaron simultáneamente a las 4.31 de la madrugada,
aterrorizadas por un fuerte temblor de tierra, uno de los mayores terremotos de
la historia de las grandes ciudades norteamericanas.
Esta catástrofe no pasó inadvertida para los cardiólogos. Era una de las pocas oportunidades que tenían
para estudiar la relación entre el estrés emocional y la principal causa de
fallecimiento en los países desarrollados: la muerte súbita por causas cardiacas.
El insólito estudio -que se publicó en The New England Journal of Medicine de
la semana pasada-, además de aclarar muchos aspectos de esta asociación que
permanecían oscuros, ha llegado a la controvertida conclusión de que el 41% de
las muertes repentinas que ocurren durante la vida normal -sin terremotos-
podría estar causado por sucesos estresantes.
En los últimos años, se han realizado otros trabajos parecidos en situaciones
que también han servido como «experimentos naturales». Por ejemplo, con motivo
del ataque con misiles iraquíes sobre los habitantes de Israel (JAMA 1995) o
del terremoto que aterrorizó a la población de Atenas en 1981 (Lancet 1983).
El temor, la ansiedad, la ira o la agresión desencadenan una cascada de
procesos bioquímicos que ponen al cuerpo en guardia para la defensa, el ataque
o la huída. Cualquier situación estresante provoca un aumento de catecolaminas
totales (es decir, tanto la noradrenalina como la adrenalina) en la sangre.
Como consecuencia de la acción de estas hormonas, aumenta la concentración de
ácidos grasos y de glucosa, que son los carburantes metabólicos que
proporcionan al organismo la energía que necesita para la respuesta de lucha o
de huida.

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📚
Aprendizaje
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