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    Genoma humano: Vivir mas y mejor

    RAUL ESPERT

    por RAUL ESPERT

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    Los seres vivos podemos ser más o menos longevos, pero no los hay inmortales. Cada especie animal tiene una longevidad determinada, aunque existe, como en cualquier otro carácter específico, una variabilidad individual que permite acceder a sus bases fisiológicas, sean estas genéticas o ambientales. Lo notable es que distintas especies del mismo grupo animal, que han evolucionado a partir de un antecesor común, muestren longevidades muy distintas. Así ocurre en algunos grupos taxonómicos de peces, donde algunas especies viven de 8 a 10 años, mientras que otras tienen una supervivencia de más de 150 años.
    También, entre los primates superiores, la esperanza de vida máxima del ser humano es de unos 110 años, el doble de la de nuestro «pariente» evolutivo más próximo, el chimpancé (aproximadamente 59 años). En grupos de peces y de aves se ha encontrado una relación inversa entre la longevidad y el tamaño del genoma. Intentar entender la duración de la vida individual como un rasgo que ha sido seleccionado en una especie por presión adaptativa plantea una serie de problemas fascinantes que en este momento conforman todo un esquema teórico.
    El origen y la conservación de un gen o un conjunto de genes en una especie por selección natural darwiniana se produce porque esos genes confieren a los individuos que los portan ventaja selectiva en unas condiciones, en un ambiente determinado.
    Dichos individuos tienen una mayor probabilidad de dejar descendencia, y sus descendientes conservarán en gran medida esos mismos genes.