El 18 de mayo de 1944 el doctor Joseph Mengele fue feliz. Estaba en el laboratorio de Auschwitz cuando uno de sus asistentes le avisó que habían llegado más trenes. Los vagones de carga llenos de una humanidad doliente y lista para la esclavitud o la muerte eran rutina para Mengele, un trabajo de oficina, pero el asistente agregó un detalle que lo hizo bailar. Literalmente: elegante como siempre en su uniforme y delantal, con las botas de caballería relucientes, el médico dio unos pasitos de punta y taco y salió volando al patio de los rieles. Es que en el tren que llegaba de Hungría había enanos. A Mengele le interesaba muchos saber las bases médicas del enanismo y por ello no dudó en investigar con los Ovitz.