Un mar de sueños

Jaume d'Urgell
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A veces, cuando no estás,
observo esa ventana
de añil —ya blanco—,
en la que guardas el mar.

Y hago como que olvido,
como que no existes…
que no sé quien eres,
ni conozco tus manos.

Y en verdad no sé quien eres,
no sé, ni si no eres,
ni donde estás… si estás.
Porque no sé nada de ti.

Entonces, lloro a escondidas,
porque los días pasan,
porque el tiempo se va,
y porque me duele la vida.

Porque a veces, cuando no estás,
oigo cristales que se rompen
y me hieren entre las sombras,
a resguardo de la vergüenza.

Entonces, la ventana te añora,
y mis lágrimas se mezclan
con las del mar…
el mar, que tú mirabas.

Porque sucede que a veces,
a veces, vivir me cuesta tanto,
que noto que tu ventana me mira,
y sonríe confiada, y canta:

“…Ya sé que estoy piantao,
piantao, piantao;
yo miro a Buenos aires,
el nido de un gorrión…”.

Entonces, me acobardo,
dejo de llorar,
me oculto de mi alma,
y aún pienso que… pero no.

Entonces, regreso al trabajo,
frente al mar —pero sin él—,
junto a la vieja ventana,
esperando la nada, sentado.

Será que lloro para nadie,
será que no sé llorar,
que la razón no me encuentra
y el mar… ¡ah! el mar.

Mas, me queda tu recuerdo…
y aquel añil -ya blanco-
de tu vieja ventana.
¡Casandra de madera!

Me quedan las gaviotas
—supongo—, y la brea…
y me queda la silla,
y las paredes oscuras.

Y me quedo yo, sin ti;
triste, junto al mar triste,
porque el mar te echa de menos,
como solo el mar puede sentir.

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