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Mercedes Gallizo, autora de 'Penas y personas'. 8-10-2013

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"Abrid escuelas y se cerrarán cárceles", afirmaba con convicción la escritora gallega Concepción Arenal a finales de un ya lejano siglo XIX. Las palabras de Arenal adquieren hoy un valor el mismo sentido y la misma relevancia de antes, pues a pesar del tiempo transcurrido, poco hemos aprendido. Amparados por la falsa excusa de un inmediato e imperante ahorro, han dejado de abrir escuelas; masificadas y, padeciendo una reducción de personal, los centros educativos -desde las escuelas hasta los superiores, Formación profesión y universidades- que permanecen abiertos están obligados a cerrar sus puertas a muchos estudiantes: "no hay plazas suficientes", se justifican, olvidando que tras la verja se quedan un gran número de jóvenes, un gran número de futuros adultos, abandonados a la más cruel de las leyes, la ley de la supervivencia. Cuando no hay salida, cuando no se ha conocido ninguna otra realidad que no sea la realidad de la calle -con sus leyes, sus mecanismos de supervivencia y su particular sociabilidad- la delincuencia aparece como una alternativa, para algunos la única alternativa posible, para sobrevivir en una sociedad que, paradójicamente, los ha marginado de antemano. En su libros Penas y personas, 2810 días en las prisiones españolas, editado por Debate, Mercedes Gallizo subraya como la mayor parte de presos que se encuentran en prisiones españolas tiene en sus espaldas delitos menores, la mayor parte de las veces, delitos vinculados al tráfico de drogas. "La mayoría de los presos", afirma Gallizo en las primeras páginas, son personas pobres, en muchos casos enfermas, a quienes la prisión refuerza su condición de marginalidad y con muy poco apoyo y oportunidades reales de rehacer su vida". Aquel ideal de reinserción que, en su todavía tan iluminador libro, De los delitos y de las penas, proclamaba el italiano Cesare Beccaria queda lejos de la realidad; era un ideal para el ilustrado italiano y, a partir de las palabras de Gallizo, bien podría decirse que lo sigue siendo todavía hoy, pues para muchos la prisión es la definitiva condena a una vida vinculada a la marginalidad y a la delincuencia". En estos días de escándalos de corrupción, malversación y cohecho, la incredulidad y la desconfianza frente a la justicia y, sobre todo, la cínica convicción de que los grandes delincuentes nunca van a recibir la condena merecida, impregna a una ciudadanía golpeada por la peor de las crisis. Si, por una parte, la cárcel representa para muchos una realidad otra, marcada por la inseguridad, a la que es preferible no dirigir la mirada, por otra parte, la prisión es el castigo de todos aquellos que, a pesar de sus pequeños delitos, no tienen el amparo de quienes ocupan determinadas posiciones socio-económicas.

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Mercedes Gallizo, autora de 'Penas y personas'. 8-10-2013
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